Por: Blanca Lucía Echeverry, directora de IRI Colombia.
Entre el 20 y el 22 de noviembre, en San José del Guaviare —puerta de entrada a la Amazonía colombiana y frontera viva entre selva, sabana y presiones antrópicas sobre el paisaje— se vivió una experiencia inusual en la historia reciente del país: una Jornada de Inmersión Científica concebida como un ejercicio profundo de escucha, aprendizaje y transformación y no como un evento académico más.
Líderes religiosos de distintas tradiciones, miembros del Congreso y las altas cortes, científicos de los principales institutos ambientales del país, autoridades locales y regionales, comunicadores y jóvenes líderes caminaron juntos durante tres días un mismo territorio físico y simbólico: el de la comprensión integral de la Amazonía como sistema vivo esencial para la estabilidad climática, la seguridad hídrica, la biodiversidad y la paz territorial de Colombia.

Esta inmersión no surgió de discursos abstractos. Partió de una premisa clara y urgente: la deforestación amazónica no es un problema lejano ni sectorial; es una crisis estructural que atraviesa la vida cotidiana, la economía, la salud, el agua y el futuro del país. Comprenderla exige salir de los escritorios, mirar el territorio, escuchar a quienes lo habitan y dialogar con la ciencia allí donde ésta se produce y se aplica.
Uno de los momentos más impactantes de la jornada fue el sobrevuelo sobre corredores críticos de deforestación en el Guaviare, incluyendo áreas de transición entre bosque intacto y territorios degradados. Desde el aire, la deforestación de la Amazonía dejó de ser una abstracción estadística y se reveló en toda su crudeza: líneas rectas abiertas por la tala ilegal, manchas grises de talas e incendios recientes, carreteras que fragmentan ecosistemas milenarios.
Ese contraste entre selva viva y territorio herido marcó para los participantes un antes y un después. La ciencia, presentada previamente en mapas, modelos y datos satelitales por expertos del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicos Sinchi, el Instituto Humboldt, Visión Amazonía, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico adquirió entonces un rostro concreto. Los datos se transformaron en convicción moral sobre la urgencia de actuar para detener la creciente degradación del bioma amazónico.
Lee la edición completa de EL BOSQUE ES VIDA aquí.
Las sesiones científicas abordaron temas clave a lo largo de la inmersión: las causas estructurales de la deforestación, su relación con el cambio climático, los impactos sobre el ciclo del agua y los llamados “ríos voladores”, el aumento del riesgo de inundaciones y sequías, el papel estratégico de los territorios indígenas en la protección de los bosques y las posibilidades —aún frágiles pero reales— de una bioeconomía amazónica que no destruya aquello de lo que depende.
Pero esta no fue una transmisión unidireccional de conocimiento. Fue, ante todo, un diálogo interdisciplinar e intercultural en el que la ciencia se encontró con la ética, la espiritualidad y la experiencia pastoral y comunitaria. Los participantes reflexionaron sobre la responsabilidad moral compartida de cuidar la creación reconociendo que la crisis ecológica es también una crisis de valores, de sentido y de relación con la vida.

En un país donde más del 90 % de la población se identifica con alguna tradición religiosa, los líderes de fe ocupan un lugar singular en la formación de conciencia social. Llegan a comunidades donde el Estado no siempre tiene presencia; hablan un lenguaje cercano, cargado de sentido, confianza y pertenencia.
La Jornada de Inmersión Científica partió de una convicción estratégica: cuando los líderes religiosos comprenden los datos sobre la deforestación y el cambio climático, se transforman en aliados poderosos para la protección de la Amazonía. No como técnicos sino como mediadores éticos capaces de traducir informaciones complejas en mensajes comprensibles, movilizadores y profundamente humanos.
Al finalizar la inmersión, muchos de ellos expresaron con claridad que sus sermones, enseñanzas, contenidos digitales y conversaciones comunitarias ya no volverán a ser los mismos. Ahora pueden explicar, con rigor y responsabilidad, por qué la deforestación intensifica el calor, altera las lluvias, afecta la seguridad alimentaria y profundiza las desigualdades sociales. También pueden contrarrestar la desinformación y las falsas narrativas que minimizan la crisis climática o la presentan como un asunto ideológico.

San José del Guaviare: un territorio que habla
No es casual que la jornada se haya realizado en San José del Guaviare. Este territorio, históricamente atravesado por el conflicto armado, la colonización desordenada y las economías ilegales, hoy constituye un epicentro de las tensiones y esperanzas de la Amazonía colombiana. Allí, la selva resiste, pero también retrocede. Allí, las comunidades buscan alternativas, pero enfrentan enormes desafíos estructurales.
Escuchar el territorio, a sus autoridades locales, a sus comunidades y a sus científicos fue parte esencial de la experiencia. La inmersión permitió comprender que no habrá protección efectiva de la Amazonia sin justicia social, sin presencia integral del Estado y sin alternativas reales para las poblaciones que viven en y del bosque.
La Jornada de Inmersión Científica de IRI Colombia no fue un punto de llegada, sino un punto de partida. De ella emergen compromisos concretos: fortalecer la acción interreligiosa por los bosques, ampliar estos procesos formativos a otros territorios amazónicos, incidir en políticas públicas con una voz ética informada y acompañar a las comunidades en la construcción de futuros posibles donde la vida sea el centro.
En tiempos de crisis climática global, cuando la tentación del cinismo y la resignación acecha, esta experiencia deja un mensaje claro: cuando la ciencia toca la conciencia se abren caminos de esperanza. Y cuando la fe se compromete con la verdad científica y con el cuidado de la vida, la Amazonía —y con ella el país— tiene aún una oportunidad.
El bosque es vida. Y protegerlo es una responsabilidad compartida.

