Desde una mirada que integra espiritualidad, justicia social y ecología integral, la Jornada de Inmersión Científica de IRI Colombia propició un diálogo entre fe, ciencia y acción comunitaria para enfrentar las causas profundas de la deforestación en la Amazonía.
“Hemos sido testigos de la inmisericorde instrumentalización de la naturaleza para comercializar árboles que antes servían de refugio a cientos de miles de animales, obtener minerales y combustibles fósiles, traficar ilícitamente cultivos ancestrales y extender actividades agropecuarias en suelos poco aptos para ellas”, sentenció Édgar Antonio López.
Este diagnóstico contundente sobre las impactantes cicatrices de la deforestación observadas durante el sobrevuelo realizado por algunos de los asistentes a la Jornada de Inmersión Científica de IRI Colombia, fue el punto de partida para la reflexión teológica sobre la ética del cuidado de la creación, eje central del segmento final de este gran encuentro pedagógico entre científicos y académicos, comunidades, líderes religiosos y tomadores de decisión.
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En la conferencia “Cuidado de la creación, misión sagrada y compartida”, el docente de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana evidenció la relación entre espiritualidad, justicia social y ecología integral.
“La espiritualidad no tiene que ver necesariamente con algún sistema religioso, pero sí con diversos sistemas de creencias en los cuales algunas cosas son consideradas más valiosas que otras”, señaló el filósofo y doctor en Teología quien, a la luz del trabajo de diversos teólogos y biblistas, analizó los rasgos sobresalientes de la espiritualidad del cuidado y el deber de justicia como una cualidad inherente del cuidado de la creación.
De acuerdo con el experto, aunque el cuidado se encuentra en el corazón mismo de la espiritualidad cristiana, al reconocer el valor de entregar la vida sirviendo a otros, no se agota en los deberes que unos seres humanos tienen con otros, sino que también abarca el cuidado del planeta, que no es otra cosa que un deber de justicia social.
Así mismo, a partir de un análisis de los postulados de la ecología integral propuesta por el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’, el experto reflexionó sobre la necesidad de entender el cuidado de la Tierra, nuestra casa común, como una misión compartida.
“Se requiere una visión amplia de la justicia que permita dar cuenta de las dimensiones globales de la casa común”, subrayó López, para quien esta condición implica no sólo los deberes que tienen los seres humanos contemporáneos entre sí, sino también los deberes que estos tienen con las generaciones futuras, las demás especies y toda la creación.

Somos parte de la Tierra
“Nos relacionamos con la Tierra como si ella no fuese parte de nosotros, como si nosotros no fuésemos parte de ella. La concebimos tan solo como una fuente inagotable de recursos de los cuales nos debemos apropiar con voracidad. Tal instrumentalización devastadora de la naturaleza solo puede explicarse por el antropocentrismo en que vivimos encerrados”, sentenció el filósofo.
De acuerdo con esta visión, los incendios forestales, la deforestación, la fragmentación del bosque y la expansión acelerada de actividades extractivas no son solo problemas ambientales sino el resultado de una forma de relación con la Tierra en la que el ser humano atenta contra su propia esencia.
López resaltó además los postulados del Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’, sobre las tres relaciones fundamentales y estrechamente conectadas en las que se fundamenta la existencia humana: la relación con Dios, con el prójimo y con la Tierra. Así mismo, destacó el concepto de ecología cultural, planteado por el Pontífice, que recuerda la urgencia de prestar atención a las culturas locales y poner a dialogar el lenguaje científico y técnico con el popular a la hora de analizar las cuestiones relacionadas con el medio ambiente.
“La tragedia vista esta mañana desde el aire muestra cómo la sacralización de la humanidad y el sometimiento de la madre tierra impiden convertirse a la ecología integral que reconoce el valor intrínseco de todas las criaturas. Sin embargo, hay algunos signos de esperanza”, concluyó.

Diálogo de la fe por la Amazonía
El marco ético propuesto por López sirvió de introducción a una conversación interreligiosa orientada a la relación entre la fe, la ciencia y la incidencia pública, elementos determinantes para la protección de los bosques amazónicos.
El diálogo, moderado por Janier Islen Cardona, pastor de la Iglesia Panamericana de Colombia y coordinador de los capítulos locales de IRI en El Retorno, La Libertad y El Unilla, contó con la participación del sacerdote Gregorio Chacón, de la Diócesis de San José del Guaviare, y Gabriel Pérez, director ejecutivo de la Confederación Evangélica de Colombia (CEDECOL).
Los líderes religiosos, representantes de la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas, conversaron sobre las formas de maximizar el impacto positivo de esas tres esferas para el bien común y cómo crear confianza y un lenguaje compartido entre la fe y la ciencia para una efectiva protección de la Amazonía.
Una educación ambiental transversal a todas las acciones de la iglesia, que se proyecte desde lo local hasta lo nacional, es una de las propuestas del representante de CEDECOL. Pérez insistió en la complementariedad entre fe y ciencia como base para la acción y señaló que comprender la creación como un regalo implica también protegerla con las herramientas que ofrece la ciencia y traducir la información técnica en prácticas comunitarias concretas.
Según relató el director ejecutivo de CEDECOL, como resultado del trabajo que su organización ha realizado con IRI Colombia desde hace siete años, creó la Comisión Nacional Ambiental, que le permite a la Confederación seguir apoyando IRI Colombia, pero también replicar parte de este modelo en los lugares donde CEDECOL tiene presencia a través de sus iglesias. “Esto nos permite mantener el mensaje del cuidado de la creación en movimiento; es decir, no se trata solamente de venir a estas jornadas a aprender, sino de poder aterrizar ese mensaje y compartirlo con quienes están día a día en el territorio”, añadió.

No hay Amazonía si no hay paz
“Los datos científicos deben convertirse en acciones comunitarias concretas”, como la protección de fuentes hídricas, la reforestación, el manejo de residuos y la organización local. Para Pérez, las iglesias —especialmente en zonas rurales— pueden convertirse en espacios de aprendizaje y acción ambiental, verdaderas aulas comunitarias desde donde se promuevan prácticas responsables.
El padre Gregorio Chacón, por su parte, llevó la conversación al núcleo más sensible del territorio: la relación entre crisis ambiental, conflicto armado y paz. Para él, hablar de cuidado del bosque sin hablar de reconciliación es insuficiente. Lo expresó de manera directa: “si no le trabajamos al proceso de paz, no podemos hacer nada”.
El sacerdote Chacón explicó que amplias zonas del Guaviare siguen atravesadas por restricciones de movilidad, amenazas y ausencia de garantías, lo que limita tanto la acción institucional como los procesos comunitarios.
Desde su experiencia pastoral, el religioso insistió en que la protección del territorio comienza escuchando a las comunidades, reconociendo sus necesidades y sueños, y llevando esa realidad a las instituciones.
“Tenemos que llegar a la gente. Eso empieza por la realidad, por escuchar a las personas”, señaló, advirtiendo que muchas veces los recursos se quedan a mitad de camino y no llegan a quienes realmente sostienen el territorio. Sin trabajo en equipo, búsqueda del bien común y reconciliación, afirmó, los diagnósticos se quedan en eventos y no se convierten en transformaciones reales.

De este modo, el recorrido aéreo que dejó al descubierto las profundas heridas de un territorio reducido a mercancía y botín, al final de este ejercicio colectivo se transformó en una invitación a cambiar la forma de habitar y relacionarse con la Amazonía.
La reflexión teológica, el diálogo entre la fe y la ciencia y las voces de quienes acompañan cotidianamente a las comunidades coincidieron en un mensaje común: la defensa de los bosques es un imperativo ambiental pero también un compromiso ético, espiritual y social que exige justicia, reconciliación y acción concreta desde los territorios.
Solo cuando el conocimiento científico se traduce en prácticas comunitarias, la fe se encarna en el cuidado de la vida y las decisiones públicas escuchan a quienes sostienen el bosque amazónico día a día, es posible pasar del diagnóstico a la transformación y sembrar esperanza allí donde hoy persisten las cicatrices de la deforestación.








