A través de un recorrido por la Serranía de La Lindosa y Cerro Azul, la Jornada de Inmersión Científica de IRI Colombia permitió a tomadores de decisiones, académicos y líderes religiosos comprender, desde el territorio, la importancia estratégica de este paisaje amazónico, su fragilidad ecológica y la necesidad de una corresponsabilidad efectiva para su protección.
Con una extensión de más de 12.000 hectáreas, la Serranía de La Lindosa se erige imponente en medio de la selva guaviarense. Forma parte del escudo Precámbrico de Suramérica y sus afloramientos rocosos, conocidos como tepuyes, albergan una biodiversidad con características únicas. Sus rocas han conformado un paisaje único caracterizado por cárcavas –barrancos profundos–, túneles y puentes naturales, y en ellas se originan caños de aguas cristalinas y rojizas (por óxidos), que fluyen hacia el río Guaviare, creando hábitats acuáticos inigualables.
Este imponente paisaje, fue el escenario del segundo día de la Jornada de Inmersión Científica de IRI Colombia.
Durante casi cuatro horas la delegación –compuesta por miembros de las unidades técnico legislativas de varios congresistas, magistrados, académicos, representantes de organismos multilaterales, líderes religiosos y actores institucionales– recorrió La Lindosa durante más de 10 km hasta llegar a Cerro Azul, uno de los tesoros naturales más significativos de la Amazonía colombiana.

Un territorio donde la roca narra la historia de sus primeros habitantes
Pero más allá de su imponencia natural, este territorio resguarda un valor patrimonial y simbólico excepcional. La Lindosa es también reconocida por albergar conjuntos de arte rupestre –considerados entre los más importantes del país– con miles de figuras distribuidas en abrigos rocosos y paredes de la serranía.
Estas pinturas representan figuras humanas, animales, formas geométricas y escenas que evidencian una ocupación humana ancestral del territorio –los expertos calculan más de 12.000 años–.
A pesar de décadas de investigación, no han sido completamente descifradas: no existe una interpretación única sobre su significado ni sobre todos sus contextos simbólicos, lo que refuerza su valor científico y cultural.
La lectura del paisaje, durante todo el recorrido, permitió a los expedicionarios comprender que La Lindosa no es solo un sitio arqueológico. Es un territorio con una riqueza invaluable pero de alta fragilidad ecológica, ubicado en una zona de transición entre la Amazonía y la Orinoquía, donde el manejo del turismo, el control del acceso y la educación ambiental son determinantes para su conservación.
“En esta zona comenzamos a trabajar con las comunidades para recuperar parte de esas áreas y transformar prácticas que no eran acordes con la naturaleza por otras que reconozcan su valor estratégico para el país”, señaló Sandra Castro.
La investigadora del Instituto Sinchi resaltó además el rol ecosistémico de este territorio, especialmente en relación con el agua. “Estas áreas son esenciales porque prestan servicios ecosistémicos fundamentales, como ser proveedoras de agua. El acueducto que abastece a San José del Guaviare está conectado a esta zona”, explicó.

La conservación como compromiso compartido
Durante su visita a Cerro Azul, en La Lindosa, los participantes de la Jornada de Inmersión Científica pudieron observar también procesos de restauración ecológica que en la actualidad empiezan a mostrar resultados.
De acuerdo con Felipe Esponda, la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico (CDA) trabaja de la mano con diferentes entidades y promueve procesos de restauración natural. “Lo vimos hoy en el recorrido, donde antes había potreros de ganadería hoy crecen bosques”, explicó el director regional de CDA.
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Estos procesos tienen una dimensión ambiental, pero también social y territorial. Hoy, muchas de las personas que guían los recorridos en La Lindosa son habitantes locales que han encontrado en el turismo de naturaleza y en el cuidado del territorio una segunda oportunidad.
En un territorio marcado por el conflicto, como lo es Guaviare, el rol de los guías se ha transformado: no solo orientan a los visitantes, sino que cuidan, vigilan y protegen el sitio, convirtiéndose en guardianes del patrimonio natural y cultural, y en actores clave de reconciliación.
La visita a La Lindosa permitió entender que la conservación requiere el respaldo de una normativa, pero comienza en la forma como se habita, se cuida y se vive un territorio. La protección de este paisaje exige corresponsabilidad entre tomadores de decisiones, instituciones, comunidades y visitantes, así como una pedagogía constante sobre su fragilidad y su valor.















