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Cerro Azul: donde la Amazonía guarda su memoria

Durante la segunda sesión de la Jornada de Inmersión Científica Amazónica de IRI-Colombia, congresistas, líderes religiosos y comunitarios, científicos y periodistas visitaron la serranía de La Lindosa, un laboratorio vivo donde la riqueza natural y el patrimonio cultural muestran por qué proteger la Amazonía también significa preservar la memoria de la humanidad.

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Montados en seis jeeps, el pasado 12 de junio, un grupo de 48 personas se trasladó de San José del Guaviare a la finca La Florida, en la Serranía de La Lindosa, donde inicia el recorrido hacia Cerro Azul, una meseta rocosa de cimas planas y paredes verticales -conocida como tepuy- que forma parte de una de las estructuras geológicas más antiguas del planeta, el Escudo Guayanés, y es considerada la puerta de entrada a la Serranía de Chiribiquete.

El grupo estaba conformado por 17 representantes a la Cámara y sus equipos de trabajo; líderes religiosos de los capítulos locales de IRI-Colombia en San José del Guaviare, El Retorno, Calamar y Miraflores; líderes comunitarios de la región, científicos y periodistas, quienes participaron en la segunda Jornada de Inmersión Científica Amazónica de IRI-Colombia.

“La Amazonía va mucho más allá de las fronteras naturales o de las divisiones político-administrativas”, señaló Angélica Medina Mendoza durante la conferencia “Memoria, cultura y territorio: significados profundos del territorio amazónico”, realizada a los pies del cerro, antes de iniciar el recorrido.

Se trata de un territorio tejido de historias humanas que solo puede entenderse a la luz de los distintos contextos socioculturales y los diferentes momentos históricos, explicó la subdirectora de Apropiación Social del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

De acuerdo con la antropóloga, no es lo mismo analizarla desde la mirada de la conquista, que la entendía como un territorio vacío, sin pueblos ni culturas, cuando en realidad estaba habitada y albergaba una enorme diversidad de saberes. Tampoco desde la visión mercantilista de finales del siglo XIX, que la reducía a una fuente de recursos para explotar productos como quina, canela, pieles y caucho. O como la entendemos hoy, un territorio con derechos culturales, habitado por una gran diversidad de pueblos, comunidades y etnias.

Empieza la travesía

La conferencia sirvió de introducción a la expedición hacia Cerro Azul, un recorrido de 3,5 kilómetros guiado por integrantes de Fantasías de Cerro Azul, asociación conformada por líderes comunitarios que conocen este territorio y han encontrado en el turismo una forma de sustento y una estrategia de conservación. 

A lo largo de la travesía, los visitantes aprendieron sobre las características ecológicas,  la fauna y la vegetación de la zona. La primera parada fue para conocer la palma ‘caminante’, Socratea exorrhiza, famosa por sus raíces aéreas en forma de zancos. También pudieron observar una inmensa panorámica de la selva amazónica y la transición hacia las sabanas de la Orinoquía y se tomaron fotos en la Piedra Tortuga (formación rocosa parecida a este reptil).

El principal atractivo de Cerro Azul es, sin duda, el tesoro arqueológico plasmado en sus tres paneles. Se trata de más de 400 metros de murales cubiertos de pinturas rupestres de color rojo, algunas de ellas desvanecidas por el paso del tiempo.

En medio de la caminata, uno de los guías recoge una piedra del suelo, la humedece y traza una línea sobre su mano con un pigmento del mismo color de los pictogramas. Se piensa que este mineral fue una de las materias primas empleadas para la elaboración de las pinturas. Para Medina Mendoza, más que el pigmento, el interés de los investigadores se enfoca en el proceso de preparación de los paneles, pues, al parecer, los dibujos no se realizaban sobre la roca virgen. A su juicio, este hallazgo aporta información arqueológica, técnica y tecnológica de gran valor para comprender los procedimientos utilizados por quienes los realizaron.

Aunque se estima que las pinturas rupestres tienen una antigüedad de entre 12.000 y 12.600 años, aún no existe consenso sobre su fecha de creación. Sin embargo, se cree que diferentes grupos humanos visitaron este lugar a lo largo de miles de años y dejaron su huella en la roca al dibujar mastodontes, jaguares y perezosos gigantes, representar rituales y plasmar escenas de la vida cotidiana. Con el paso del tiempo, unas pinturas quedaron sobre otras y esa superposición hizo imposible determinar con exactitud la fecha en que fue realizada cada una. 

Patrimonio en peligro

La comprensión científica y los saberes de los pueblos indígenas sugieren que los paneles eran sitios sagrados, según cuenta Angélica Medina. Probablemente, ese era el afán de lograr su perpetuidad. No obstante, el incremento de cazadores, la extracción y exportación de pieles finas y la deforestación sistemática de la serranía de La Lindosa durante la colonización, impulsaron el desgaste de las pinturas rupestres. “El factor humano es probablemente el mayor vector de deterioro de los sitios arqueológicos de este lugar”, señala el ICANH en el Plan de manejo arqueológico de la serranía de La Lindosa.

De acuerdo con Angélica Medina, la deforestación aceleró la actividad biológica de termitas, hongos y líquenes sobre los dibujos. Además, desaparecieron los árboles que sirvieron como muro de protección durante siglos y las pinturas quedaron expuestas a la lluvia y a los rayos del sol, que rápidamente degradaron el color y desvanecieron algunas imágenes.

Pero el impacto ha ido más allá. En algunos sectores se han encontrado rayones y grafitis en los pictogramas, realizados por visitantes. Esta intervención pone en riesgo un patrimonio que trasciende las fronteras de Colombia y pertenece a la humanidad.

A partir de una investigación liderada por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y la Universidad Nacional, con el respaldo de la Gobernación del Guaviare, se formuló el Plan de Manejo Arqueológico (PMA). Este proceso permitió que el lugar fuera declarado Área Arqueológica Protegida (AAP) en 2018.

La Lindosa y Chiribiquete

Al igual que la serranía de La Lindosa, el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete forma parte del mismo corredor geológico, ecológico y cultural del Escudo Guayanés y alberga formaciones rocosas precámbricas de millones de años. 

De acuerdo con la antropóloga, Chiribiquete es un lugar sagrado con diferentes niveles de energía y vibración, razón por la cual solo puede ingresar un sabedor o una persona que esté bajo su guía. Pueblos indígenas como los coreguaje creen que lo habitan espíritus del mal y sólo lo visitan cuando necesitan realizar un pago espiritual para saldar una deuda con la naturaleza.

“En ese punto coincidimos interculturalmente porque nosotros –como ICANH o Parques Naturales Nacionales de Colombia– pensamos que es un lugar para aprender, pero sin llegar a él”, subrayó Medina. Por eso, una de las principales medidas para proteger el parque es restringir el ingreso de visitantes y no promover el turismo. De esta forma, también se respetan los derechos culturales de los pueblos indígenas, que han sido claros al afirmar que no debe ser visitado. 

Para que las personas puedan conocer este patrimonio sin afectar los sitios sagrados, en la serranía de La Lindosa existen varios lugares abiertos al público, entre ellos Nuevo Tolima, Raudal y, por supuesto, Cerro Azul. Aunque hay muchos otros, la antropóloga destacó estos tres por su organización y las condiciones que ofrecen para recibir visitantes.

Luego de casi cuatro horas de recorrido, terminó la jornada y regresaron poco a poco los caminantes, que disfrutaron de un delicioso almuerzo con pescado dorado moqueado, una de las joyas gastronómicas del Guaviare. Llegaron cansados, pero con la satisfacción de haber conocido uno de los grandes tesoros que resguarda la selva amazónica. Este laboratorio vivo de IRI-Colombia les permitió comprender que proteger los bosques tropicales amazónicos es preservar paisajes únicos, guardianes de la memoria natural y cultural, cuya pérdida sería irreparable.

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  • Blanca Lucía Echeverry y Javier Eduardo Mendoza, de IRI-Colombia.